
Nací muy cerca de una estación, atardeceres rojos y olor a hierro y a café. Cada noche, antes de dormir, escuchaba la voz que anunciaba, fría y distante, la llegada o la salida de un tren...
Me acunaban los silbatos y los sonidos familiarmente ferroviarios y me gustaba viajar en aquellos gigantes que besaban mi pueblo, sin importarme demasiado el destino ni el tiempo... Lo realmente importante eran los paisajes, aquella ventana abierta al mundo, llena de colores y luces que me daba cuerda al pensamiento y me hacía sentir libre. Recuerdo que me llenaba de entusiasmo subir los dos peldaños desde el andén, mirando antes al horizonte, los campos, los viejos y queridos árboles… y recorrer el estrecho pasillo hasta encontrar el hueco, siempre cálido y acogedor, junto a la ventana... Era entonces cuando sentía detenerse el tiempo y volar mi pensamiento. Era entonces cuando la tierra cobraba vida y aleteaban las flores…. La ventanilla podía llevarme a otros mundos y otras luces… Ahora, algo más allá de los cuarenta, miro pasar los paisajes que tanto me gustaban, desde la ventana de este vagón cómplice de algún secreto y se me escapa un suspiro de recuerdos.
Mi sonrisa, mientras pienso, se refleja en el cristal de la ventana y quedan atrás los árboles y las palabras que no se quise dejar en el papel, aquellas que se fueron y ahora vuelven, fundidas en los verdes, en los rosas, en los ocres derramados en mis ojos. Tú vas conmigo en este tren, y estás en los huertos y en los campos que dejo atrás, viaje y memoria, en la penumbra casi hogareña de un vagón, en el reflejo de mis manos y tus manos, jugando en el cristal. Y es tu voz, la banda sonora de mi viaje, una vez más.
Mary Carmen Ruiz