Si miras, lo verás.  Siguiente

El río que me lleva está lleno de luz... La bebe del sol y la saborea cada tarde cuando él se va. El barco que me lleva besa al río, lo acaricia con la ternura de un niño y, a veces, cuando ya la luna me cubre de reflejos, se acerca a la orilla, regazo de una madre, sonrisa de mujer enamorada. El río que me lleva tiene nombre de espejo y voz de campanario, me mece su dulzura y me acunan sus piropos.

Conmigo, en el viaje, me llevo ese recuerdo de un amor imposible y voy pronunciando su nombre al ritmo del agua, banda sonora de sus ojos y los míos que tanto se miraron, de sus manos y las mías que nunca se salvaron del miedo de rozarse... El río me devuelve, húmedos y tiernos, los besos de papel que intercambiamos, los versos que escribí con los ojos cerrados, atravesado su nombre entre mis párpados, en ese momento mágico, entre la vigilia y el sueño. Navega mi barca y ya es de noche, el reflejo del agua me acompaña... y las palabras, sus palabras, me acompañan... y el sabor dulce y amargo del café y el secreto que guardé y que hoy me llevo en este viaje sin rumbo ni puerto. El agua, bajo mis pies parece cantar, susurra como ella susurraba, como susurrábamos, con el miedo en las espaldas. Ella nunca supo de este viaje ni de esta barca que me lleva por su río, tan querido, en un viaje a la deriva con su nombre entre los labios, mientras pienso en lo imposible de mi afán por navegar, en lo imposible de este amor.

Mary Carmen Ruiz

 
Actualizada: 16/01/08